Vaho
Ficción (3 min) | Camino a la escuela, el inconcebible acto de un padre deja a su hijo desconcertado.
Vaho
El despertador timbró con necedad ensayada. Un instante después, los pasmosos pasos de mi padre rascaron el suelo cansino de nuestra casa vieja en condición, no en años. Gruñendo, me estiré, aún recostado, pensando que mi juiciosa facilidad para despertarme le enorgullecería.
Los huesos de la casa crujieron con la sonámbula presencia de mi padre y el sosiego de la noche se agotó.
—Hijo… ya es hora —su gruesa voz de vaho flotó dentro de mis oídos, avivándome como el café recién hervido al hambre del campesino.
—Voy, pa —dije, con firme voz dormida.
Un baño tibio y un vaso de leche con chocolate después, agarramos camino.
Por la calle en permanente ruina, salimos directo adonde la vía del tren partía el pueblo en dos, la evanescente luna aluzándonos todavía.
—No te metas ahí, ya te lo he dicho —dijo mi padre con irritante monotonía.
Hice caso y seguí por fuera, delante de él.
—Tienes que tener cuidado —agregó momentos después—. No voy a estar siempre para decirte qué hacer.
Permanecí callado.
Siempre caminábamos en silencio hasta que llegábamos antes que nadie a la puerta de la escuela, donde antes de dejarme solo me daba la bendición y me deseaba buen día.
Nunca más palabras de las necesarias, nunca más emociones de las habituales; siempre callados, ausentes en nuestra presencia filial inevitable.
—Sí, pa… —dije para nadie, aun inconsciente de que caminaba solo.
El eco de la turbulencia distante estremeció mi pecho y el agudo siseo de la metálica serpiente me hizo dar un pequeño e inusual salto.
Avergonzado por mi reacción infantil, volteé, buscándolo, temeroso de encontrarme con sus ojos consumidos y enjuiciadores.
No estaba.
Se había quedado atrás.
Quieto. Pasmado.
Alternando su mirada pétrea entre la serpiente y yo.
—Pa —le llamé, pero el afilado grito del coyunturado fierro se tragó mi voz de cachorro.
Volví aprisa sobre mis pasos.
—¿Pa? —Noté que su rostro se contorsionaba y de su boca elongada emanaba solo un ruido silencioso.
El vaivén de su mano me confundía: no sabía si alejarme o acercarme.
Pero era mi padre, seguramente me llamaba.
Continué.
La herrumbre motorizada cada vez más cerca.
A punto de alcanzarlo, mi padre estiró su forzudo brazo, su mano callosa abierta, lista para asirse.
No a mi. No a mi mano.
Su borrosa figura se deslizó frente a mí, achicándose con celeridad sobre el acerado horizonte.
—¿Pa? —le pregunté al viento.




buenísimo. en español, tu léxico está muy enriquecido. me encantó el uso de palabras. y los comentarios sociales de las dinámicas filiales en latam entre líneas.
“Nunca más palabras de las necesarias, nunca más emociones de las habituales; siempre callados, ausentes en nuestra presencia filial inevitable.”
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